La Sombra del Alma

cronicas

Crónicas de Déradan, parte 2

Escrito por viktor 24-09-2012 en General. Comentarios (0)

Parte 2:

 

Algo iba mal, se despertó de repente, los ojos entornados, los oídos alertas, no estaba sólo... percibía esa presencia en la tienda, aunque no sabía exactamente en que parte estaba. Tenía agarrada la daga que escondía debajo de su almohada, lista para actuar con rapidez cuando la situación lo requiriera. Y entonces lo oyó, un leve roce de telas, algo apenas perceptible, ya sabía donde estaba, lo tenía a su espalda y estaba apunto de atacar. Apenas tuvo tiempo de reaccionar, rodó hacia un lado al mismo tiempo que un reflejo delataba una hoja de acero clavada donde hace un instante yacía. Antes de que el anónimo atacante tuviera tiempo de reaccionar se lanzó hacia él, mientras la sombra extraía su arma del lecho el ya estaba encima suyo, con su daga abriéndose paso por debajo de las costillas de su adversario, hasta llegar a sus pulmones. Un rápido giro de muñeca mientras extraía su daga hizo que aquel enmascarado soltara un leve quejido, aún así tuvo fuerzas para levantar su arma e intentar golpearle, pero ya era demasiado tarde, esa espada era demasiado larga para un combate a tan corta distancia, tan sólo tuvo que acercarse al brazo que le iba a atacar para reducir la distancia mientras su daga giraba bajo su mano para abrir un profundo surco sobre el cuello de su oponente. Un par de segundos después aquel hombre yacía muerto. Miró a su alrededor y guardó completo silencio, algo no iba bien, el campamento estaba demasiado callado. Rápidamente se calzó sus botas, y se colocó su cinturón. Guardó su daga y desenvaino su espada. Cogío su mochila y se la puso a la espalda, lamentaba tener que dejar el resto de su equipamiento, pero era la única manera de aumentar las posibilidades escapar. Tenía que desaparecer de ese campamento lo antes posible, por lo que se dispuso a salir. Envolvió el arma que portaba en la mano con una manta para evitar destellos en su filo y se asomó por la entrada de su tienda. Pudo percibir algunas sombras moviéndose entre las tiendas, y aquellos guerreros no eran amigos. Rapidamente salió de la tienda en dirección contraria a las sombras, con un poco de suerte llegaría al bosque antes de que lo descubrieran, pero no tardó demasiado en cruzarse con una de esos espectros. En esta ocasión él fue el primero en atacar. Estaba claro que la sombra no esperaba encontrarse con nadie por las vías entre tiendas, y ese momento de sorpresa fue suficiente ventaja para desnudar la espada y golpear al cuello. Aquella silueta calló con el cuello gritando sangre. Rapidamente se agachó sobre el desconocido y lo registró. No encontró nada que sirviera para identificar a aquél hombre, ni pertenencias, ni siquiera sus armas tenían ningún detalle que pudiera ayudar a descubrir la procedencia del extraño. Decidió mirar al menos la cara de aquél que había intentado matarlo y fue entonces cuando vió por primera vez aquel tatuaje. Una enredadera alrededor del ojo izquierdo que acababa en una lágrima bajo el mismo. Una marca que volvería a ver, pero que jamás olvidaría ya. Tan sigilosamente como pudo retomó la huída hacia el bosque. Cuando llegó a la linde de árboles, el campamento ya no sguía en silencio, el crepitar del fuego comenzaba a abrise paso a través de las tiendas. Seguro que no tardaban en descubrir los dos cadáveres que había dejado en su huída, así que se sumergió entre la espesura del bosque y hasta pasadas un par de horas no dejó de correr.

 

Cuando lo hizo todavía faltaban un par de horas para el amanecer. Se apoyó contra un árbol e intentó calmar su respiración. Le costó contener los jadeos producidos por el esfuerzo, y cuando lo logró, tan sólo escuchó. El bosque estaba silencioso, se oía a algún buho en la lejanía, el viento meciendo las hojas de los árboles suavemente, pero ninguna pisada, ningún rastro de algún perseguidor. Sólo después de unos minutos de atenta escucha, soltó la empuñadura de su espada y se sentó a descansar. Se palpó la venda y la notó húmeda. Su herida se había vuelto a abrir. No tenía tiempo de curarla, así que se levantó apoyándose en el tronco y se levantó. Si no recordaba mal, tenía que haber un pueblo a día y medio de distancia, y todavía le quedaba mucha distancia por recorrer.

 

Viktor...

 

Crónicas de Déradan, parte 1

Escrito por viktor 02-10-2007 en General. Comentarios (0)

Crónicas de Déradan

Un mal día… el filo de la espada pasó rozando su cabeza. Se echó hacia un lado para poder ganar espacio y golpear con fuerza. Su adversario, aquel hombre rodeado de sombras se giró con intención de volver a embestir. Ese era el momento adecuado, armó su brazo y puso su cuerpo en tensión durante un instante, el suficiente para descargar todo el peso de su cuerpo sobre su adversario. El filo de su espada atravesó la clavícula de su adversario y se hundió casi hasta su esternón. La sangre emanó con furia del cuerpo que empezó a desplomarse al suelo. No fue consciente de lo agotado que estaba hasta que el charco de sangre empezó a empapar la suela de sus botas.

 

Aquella barbarie había empezado al amanecer y ya era casi mediodía. El dolor se agolpaba en su cintura, probablemente agudizado por el cansancio. Pero ese no era un buen momento para descansar. Hizo caso omiso de los quejidos de su cuerpo, agarró de nuevo su arma con fuerza y cargó contra el enemigo que tenía más cerca. Este apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando la punta de una espada empezaba a atravesar su cuerpo por la espalda, ni siquiera le dio tiempo a mirar a los ojos a aquel que le hundía en el sueño eterno.

 

Ya estaba acabando todo, cuando aparecieron los refuerzos. Doscientos hombres bien pertrechados aparecieron por la ladera. Los pocos enemigos que quedaban en pie intentaron huir, pero para su desgracia, la poca caballería que todavía quedaba salió tras ellos. No llegarían muy lejos.

 

Parece que por hoy todo había acabado ya. Limpió su arma en el cuerpo más cercano que tenía, y se dirigió hacia donde tuvo lugar uno de sus duelos. Allí encontró lo que buscaba, su daga clavada en el cuello de aquel hombre, atascada entre las cervicales. Le costó sacar la daga, la limpió y la colgó de su cintura. Acto seguido siguió buscando entre los cadáveres otra daga, pero esta vez no era una suya. No tardó mucho en encontrar el cuerpo que buscaba, pocos guerreros llevaban armaduras como aquella. Le dio la vuelta al cuerpo de un puntapié, se agachó cuidadosamente para no abrir más la herida se su costado, y agarró la daga que todavía estaba en su vaina. Tenía la empuñadora de oro con joyas incrustadas. Ese era su pago por toda la sangre que había derramado esa mañana, tanto suya como ajena. Guardo rápidamente la daga entre los pliegues de su ropa y se encaminó hasta las tiendas. Ya era hora de que cosieran su herida.

 

En cuanto llegó a la zona del campamento lo primero que hizo fue beber agua, tenía la garganta dolorida, no había bebido nada desde primera hora de la mañana, y aquella mañana no había sido un paseo precisamente. Al tragar el líquido su agrietada garganta emitió un agudo dolor, pero hizo caso omiso de él y siguió tragando. Después de hidratarse se dirigió a una de las tiendas y empezó a quitarse el peto, se acercó una mujer a ayudarle. También se despojó de la ropa que llevaba hasta dejar desnudo su torso. La herida de su costado seguía sangrando todavía. La mujer se la limpió con agua y comenzó a coserla, hay que decir que con bastante buena pericia. Después de unos minutos de dolor la herida estaba cosida y poco a poco dejaba de sangrar. Para finalizar su cura, la cubrieron con un paño de lino, apretando con fuerza para evitar que siguiese sangrando.

 

Estaba muy fatigado, y tenía sueño, su herida se curaría en unos cuantos días y por ahora no tenían previstos nuevos ataques, de hecho iban a tomarse una semana de descanso después de aquella batalla. Cogió sus pertrechos y enseres y se dirigió a su tienda. Antes de acostarse había algo que debía hacer, primero sacó de su mochila un ungüento, se quitó su vendaje y ungió su herida con aquella pasta maloliente, si su herida se infectaba, lo más seguro es que acabase con su vida. Después se volvió a colocar el vendaje, guardó el ungüento y la daga que había entre sus ropas y se dispuso a dormir.

 

 

Viktor...