La Sombra del Alma

Crónicas de Déradan, parte 2

Parte 2:

 

Algo iba mal, se despertó de repente, los ojos entornados, los oídos alertas, no estaba sólo... percibía esa presencia en la tienda, aunque no sabía exactamente en que parte estaba. Tenía agarrada la daga que escondía debajo de su almohada, lista para actuar con rapidez cuando la situación lo requiriera. Y entonces lo oyó, un leve roce de telas, algo apenas perceptible, ya sabía donde estaba, lo tenía a su espalda y estaba apunto de atacar. Apenas tuvo tiempo de reaccionar, rodó hacia un lado al mismo tiempo que un reflejo delataba una hoja de acero clavada donde hace un instante yacía. Antes de que el anónimo atacante tuviera tiempo de reaccionar se lanzó hacia él, mientras la sombra extraía su arma del lecho el ya estaba encima suyo, con su daga abriéndose paso por debajo de las costillas de su adversario, hasta llegar a sus pulmones. Un rápido giro de muñeca mientras extraía su daga hizo que aquel enmascarado soltara un leve quejido, aún así tuvo fuerzas para levantar su arma e intentar golpearle, pero ya era demasiado tarde, esa espada era demasiado larga para un combate a tan corta distancia, tan sólo tuvo que acercarse al brazo que le iba a atacar para reducir la distancia mientras su daga giraba bajo su mano para abrir un profundo surco sobre el cuello de su oponente. Un par de segundos después aquel hombre yacía muerto. Miró a su alrededor y guardó completo silencio, algo no iba bien, el campamento estaba demasiado callado. Rápidamente se calzó sus botas, y se colocó su cinturón. Guardó su daga y desenvaino su espada. Cogío su mochila y se la puso a la espalda, lamentaba tener que dejar el resto de su equipamiento, pero era la única manera de aumentar las posibilidades escapar. Tenía que desaparecer de ese campamento lo antes posible, por lo que se dispuso a salir. Envolvió el arma que portaba en la mano con una manta para evitar destellos en su filo y se asomó por la entrada de su tienda. Pudo percibir algunas sombras moviéndose entre las tiendas, y aquellos guerreros no eran amigos. Rapidamente salió de la tienda en dirección contraria a las sombras, con un poco de suerte llegaría al bosque antes de que lo descubrieran, pero no tardó demasiado en cruzarse con una de esos espectros. En esta ocasión él fue el primero en atacar. Estaba claro que la sombra no esperaba encontrarse con nadie por las vías entre tiendas, y ese momento de sorpresa fue suficiente ventaja para desnudar la espada y golpear al cuello. Aquella silueta calló con el cuello gritando sangre. Rapidamente se agachó sobre el desconocido y lo registró. No encontró nada que sirviera para identificar a aquél hombre, ni pertenencias, ni siquiera sus armas tenían ningún detalle que pudiera ayudar a descubrir la procedencia del extraño. Decidió mirar al menos la cara de aquél que había intentado matarlo y fue entonces cuando vió por primera vez aquel tatuaje. Una enredadera alrededor del ojo izquierdo que acababa en una lágrima bajo el mismo. Una marca que volvería a ver, pero que jamás olvidaría ya. Tan sigilosamente como pudo retomó la huída hacia el bosque. Cuando llegó a la linde de árboles, el campamento ya no sguía en silencio, el crepitar del fuego comenzaba a abrise paso a través de las tiendas. Seguro que no tardaban en descubrir los dos cadáveres que había dejado en su huída, así que se sumergió entre la espesura del bosque y hasta pasadas un par de horas no dejó de correr.

 

Cuando lo hizo todavía faltaban un par de horas para el amanecer. Se apoyó contra un árbol e intentó calmar su respiración. Le costó contener los jadeos producidos por el esfuerzo, y cuando lo logró, tan sólo escuchó. El bosque estaba silencioso, se oía a algún buho en la lejanía, el viento meciendo las hojas de los árboles suavemente, pero ninguna pisada, ningún rastro de algún perseguidor. Sólo después de unos minutos de atenta escucha, soltó la empuñadura de su espada y se sentó a descansar. Se palpó la venda y la notó húmeda. Su herida se había vuelto a abrir. No tenía tiempo de curarla, así que se levantó apoyándose en el tronco y se levantó. Si no recordaba mal, tenía que haber un pueblo a día y medio de distancia, y todavía le quedaba mucha distancia por recorrer.

 

Viktor...

 

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