La Sombra del Alma

Un cuento sobre príncipes

Un cuento sobre príncipes

Este es un cuento cómo los que se escribían antaño. Un cuento de príncipes y princesas, de dragones y caballeros, de amor y traición, de celos y despecho, de odio y tristeza, de pasión y olvido. Un cuento con principio pero sin final, un cuento para pensar, un cuento para ignorar,  un cuento como la vida real, una mierda de cuento.

Es la historia de un príncipe, un príncipe sin castillo ni tierras, un príncipe sin posesiones, un príncipe sin servidumbre, un príncipe sin blanco corcel, un príncipe sin armadura. Es sin embargo la historia de un príncipe valiente, un príncipe noble, repleto de pasión, de voluntad, de fuerza y ganas de vivir, un príncipe alegre. Un príncipe de un reino olvidado, de ropas humildes y armado únicamente con su espada llamada decisión. Un príncipe sin rumbo, un príncipe sin futuro.

Un príncipe que vagaba por los caminos del recuerdo, a veces llamados olvido, en busca de su destino. Un destino esquivo, un destino burlón que lo llevó a adentrarse en un oscuro bosque. Un oscuro bosque de sonidos extraños, de niebla y de sombras. El príncipe caminaba por un estrecho sendero flanqueado por árboles que seguía hasta un claro situado en las entrañas del bosque. Cuando estaba próximo al claro oyó unos gritos. Paró para oír con atención y oyó la voz de una mujer pidiendo ayuda. El príncipe, presto, desenvainó su espada llamada decisión y corrió hacia el claro. Al alcanzar el claro vio a una hermosa dama sobre su corcel y un grupo de bandidos rodeándolos. El príncipe empuñó con fuerza su espada llamada decisión y golpeó con ella al bandido que tenía más cercano. La espada atravesó con facilidad el tronco del bandido, que cayó al suelo partido en dos. La espada llamada decisión era un arma increíble, forjada con el mineral de la voluntad sobre el yunque del respeto con el fuego de la pasión y enfriada en el agua de la comprensión, afilada cada día con la piedra de la humildad y limpiada a continuación con el paño de la honestidad. El resto de bandidos se percataron de la presencia del valeroso príncipe y cargaron contra él. Llovieron los golpes sobre el príncipe, pero nuestro príncipe los desviaba sin mayor problema con su espada, para acto seguido, contraatacar con todo el peso de su espada y la fuerza de su brazo. En unos pocos segundos tan sólo el cabecilla de los bandidos quedaba para enfrentarse al príncipe. El bandido atacó con furia armado con la daga de los perjuicios pero no consiguió alcanzar al príncipe, que hábilmente esquivo el golpe y se dispuso a poner fin a la contienda, hasta que algo se puso en medio de su trayectoria. Era la princesa que se interponía entre el príncipe y el bandido.

  ¿Por qué? – preguntó el príncipe.

– Sé que lo dejaríais todo por mí. Que me daríais todo lo que necesitara. Haríais que cada día, que cada momento fuera especial para mí, sé que sois generoso y comprensible, que vuestra alma es íntegra y vuestra intención pura y sé que podría ser feliz a vuestro lado, pero…

– ¿Pero qué?

– Pero prefiero partir con el bandido, el bandido que me ha hecho daño y que me volverá a hacer daño, el bandido que me utilizará, el bandido que me usará mientras me necesite y que luego se deshará de mí. Pero no se sienta desafortunado valeroso príncipe, en ese momento iré en su busca noble príncipe, y cuando mis heridas hayan sanado le abandonaré para volver con el bandido, para que me vuelva a herir.

El príncipe, descorazonado,  guardó su espada en la vaina de la resignación. Se giró y partió del claro para seguir su camino. Tan sólo se giró una vez para contemplar por última vez a la princesa, intentando entender el porqué, algo que jamás logró comprender. Siguió su camino con la esperanza de que el tiempo pasara rápido y la bella doncella volviera a sus brazos, aunque sólo fuera para lacerar su dolorido corazón y abandonarle después. Todo un tormento que pasó inadvertido, ya que ninguno se fijó en aquella lágrima que recorría su mejilla, una única lágrima que se quedo clavada en lo más profundo de su alma.

Pero nuestro príncipe no cesó en su viaje, y con un paso tras otro retomó su viaje, con  una carga mayor que la que tenía al entrar en el bosque, puesto que el dolor adquirido que acuchillaba su corazón pesaba más que la esperanza que en aquel claro quedó abandonada. El príncipe partió del claro pensando que le depararía el futuro, cuanto más dolor le esperaba.

Y así el príncipe siguió su camino y abandonó el bosque, siguiendo la estrella de su destino, aquella estrella que se reía de su suerte, en busca de aventuras y desventuras, en busca de dolor y tristeza, en busca de su hado.

Viktor...

Comentarios

No hay ningún comentario

Añadir un Comentario: