La Sombra del Alma

Crónicas de Déradan, parte 1

Crónicas de Déradan

Un mal día… el filo de la espada pasó rozando su cabeza. Se echó hacia un lado para poder ganar espacio y golpear con fuerza. Su adversario, aquel hombre rodeado de sombras se giró con intención de volver a embestir. Ese era el momento adecuado, armó su brazo y puso su cuerpo en tensión durante un instante, el suficiente para descargar todo el peso de su cuerpo sobre su adversario. El filo de su espada atravesó la clavícula de su adversario y se hundió casi hasta su esternón. La sangre emanó con furia del cuerpo que empezó a desplomarse al suelo. No fue consciente de lo agotado que estaba hasta que el charco de sangre empezó a empapar la suela de sus botas.

 

Aquella barbarie había empezado al amanecer y ya era casi mediodía. El dolor se agolpaba en su cintura, probablemente agudizado por el cansancio. Pero ese no era un buen momento para descansar. Hizo caso omiso de los quejidos de su cuerpo, agarró de nuevo su arma con fuerza y cargó contra el enemigo que tenía más cerca. Este apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando la punta de una espada empezaba a atravesar su cuerpo por la espalda, ni siquiera le dio tiempo a mirar a los ojos a aquel que le hundía en el sueño eterno.

 

Ya estaba acabando todo, cuando aparecieron los refuerzos. Doscientos hombres bien pertrechados aparecieron por la ladera. Los pocos enemigos que quedaban en pie intentaron huir, pero para su desgracia, la poca caballería que todavía quedaba salió tras ellos. No llegarían muy lejos.

 

Parece que por hoy todo había acabado ya. Limpió su arma en el cuerpo más cercano que tenía, y se dirigió hacia donde tuvo lugar uno de sus duelos. Allí encontró lo que buscaba, su daga clavada en el cuello de aquel hombre, atascada entre las cervicales. Le costó sacar la daga, la limpió y la colgó de su cintura. Acto seguido siguió buscando entre los cadáveres otra daga, pero esta vez no era una suya. No tardó mucho en encontrar el cuerpo que buscaba, pocos guerreros llevaban armaduras como aquella. Le dio la vuelta al cuerpo de un puntapié, se agachó cuidadosamente para no abrir más la herida se su costado, y agarró la daga que todavía estaba en su vaina. Tenía la empuñadora de oro con joyas incrustadas. Ese era su pago por toda la sangre que había derramado esa mañana, tanto suya como ajena. Guardo rápidamente la daga entre los pliegues de su ropa y se encaminó hasta las tiendas. Ya era hora de que cosieran su herida.

 

En cuanto llegó a la zona del campamento lo primero que hizo fue beber agua, tenía la garganta dolorida, no había bebido nada desde primera hora de la mañana, y aquella mañana no había sido un paseo precisamente. Al tragar el líquido su agrietada garganta emitió un agudo dolor, pero hizo caso omiso de él y siguió tragando. Después de hidratarse se dirigió a una de las tiendas y empezó a quitarse el peto, se acercó una mujer a ayudarle. También se despojó de la ropa que llevaba hasta dejar desnudo su torso. La herida de su costado seguía sangrando todavía. La mujer se la limpió con agua y comenzó a coserla, hay que decir que con bastante buena pericia. Después de unos minutos de dolor la herida estaba cosida y poco a poco dejaba de sangrar. Para finalizar su cura, la cubrieron con un paño de lino, apretando con fuerza para evitar que siguiese sangrando.

 

Estaba muy fatigado, y tenía sueño, su herida se curaría en unos cuantos días y por ahora no tenían previstos nuevos ataques, de hecho iban a tomarse una semana de descanso después de aquella batalla. Cogió sus pertrechos y enseres y se dirigió a su tienda. Antes de acostarse había algo que debía hacer, primero sacó de su mochila un ungüento, se quitó su vendaje y ungió su herida con aquella pasta maloliente, si su herida se infectaba, lo más seguro es que acabase con su vida. Después se volvió a colocar el vendaje, guardó el ungüento y la daga que había entre sus ropas y se dispuso a dormir.

 

 

Viktor...

Comentarios

No hay ningún comentario

Añadir un Comentario: